Villarello. Esto es lo que somos o fuimos




Tan solamente tú, cigarro amigo,

eres mi amigo fiel y verdadero: 

Tú de mis gustos eres el primero,

de mis pesares eres el testigo

Y quiero tener un compañero

que me hable sin disfraz, tengo contigo

en tu ser a mi mismo me contemplo, 

Tu de que alientas el saber de que presumo.

Con tu fuego mis pasiones simbolizas

En que ansioso yo mismo me consumo

Me pintas mi fin en tus cenizas

Y retratas mis quimeras en tu humo

(Al Cigarro/Felipe N.Villarello, 1853-1921)


Tenía que ser aún recuerdo esa sensación de respeto, del silencio que se generaba cuando uno de nuestros queridos, respetados  maestros cruzaban el umbral de la puerta, nos levantabamos de nuestros pupitres y al unísono saludamo ¡buenas tardes! o buenos días, eso ya dependía del turno que nos haya tocado.

 

Estoy de nuevo escribiendo a media noche, a la hora en que comienzan los aquelarres, en que las buenas costumbres, a veces, se van a la cama,  otra vez conviviendo con eso que llaman insomnio brindando con las musas que me vinieron a visitar.

 

Lo he meditado por días ¿cómo iniciar un texto en donde destaque el trabajo que hicieron nuestros maestros con nosotros?, lo primero que se me vino a la mente fueron mi maestra del kínder, algunos profesores inolvidables de la primaria, los que me marcaron en mi paso por el CCH (Colegio de Ciencias y Humanidades) o por la Universidad en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (FES).

 

Pero divagaría demasiado e iré al grano, trataré de envolver ese navegar en los recuerdos de mis maestros de las Escuela Secundaria Oficial 313 Felipe N. Villarello, ¡claro! Son muchas generaciones las que han pasado por esas aulas de ese vetusto edificio que cumplió ya más de cuatro décadas.

 

Hoy que ya han pasado muchos años que ingrese a la Villarello, me doy  cuenta de la importancia del trabajo que ellos, de esas personas, de esos profesores que aún manifestaban su vocación por enseñara, pero sólo de pensar que ellos tenían que controlar a más de 50 adolescentes en plena explosión de hormonas en algunos casos o como ocurrió en mi generación la 1984-1987 en donde llegamos a ser 65 párvulos.

 

¡Imagínense! Qué necesidad de pelear con niños respondones, traviesos, gritones y un largo etcétera. ¡Sí! por supuesto que era parte de su trabajo, por supuesto que recibían una paga, pero esa vocación que ellos tenían o en estos tienen por por enseñar ha provocado  que ex alumnos se reunan, para quitar telarañas a la memoria y narrar miles de historias. 

De mi generación hubo profesores que de verdad son unos gigantes o en alguno caso fueron, (porque ya trascendieron de este mundo) una de ellas la maestra María Concepción Castro, “Conchita”, impartía en aquellos entonces la materia de Ciencias Naturales, pero ella sabía de todo; no una sino cada vez que teníamos clase con ella nos inundaba la cabeza con diversas historias en donde siempre nos dejaba una enseñanza, igual nos hablaba de karate, de la fermentación el mezcal, o bien le daba la oportunidad a otros ‘profes’ de pasar y recitar un poema, aunque nosotros en vez de apreciar los versos nos dedicáramos a reírnos de ellos, al final recibíamos la reprimenda correspondiente por lo mal educados que fuimos. 

 

Esa era la ‘Profa Conchita’, un valioso ser humano que nos dejó una huella imborrable, ella se encargaba de los terceros, es deci el tercer grado de secundaria, pero su presencia era tal que todos los alumnos de una u otra manera tenían que advertirnos de lo buena o mala que pudiera ser… claro que las referencias siempre fueron: ¡Aguas con ella, es una excelente maestra!

 

Su grandeza era tal que cuando la oímos cantar el Himno Nacional, no pude evitar la risa, hasta ese momento no había yo escuchado una voz tan aguda, tal vez se dio cuenta de las risas, pero ella siguió con la interpretación, y por supuesto que a la ‘Profa Conchita’ no se le olvidaba la letra ella si se la sabía completa. 

 

Y se volvió leyenda de las miles de anécdotas que se pueden contar una ocasión cuando salíamos de clases y caminaba toda la pléyade por la calle de Tulipanes, de regreso a casa, cuando algunos de nosotros intentábamos en ese entonces lastimar nuestros pulmones con un poco de tabaco, algún malora gritaba “¡Apaguen los cigarros, ahí viene Conchita!” y sí, todos lo apagaban, esa era su autoridad, una maestra de tiempo completo. 

 

Estoy seguro que cada uno de mis condiscipulos tienen historias que contar de nuestros queridos y respetados maestros, en mi caso puedo decirle que cuando el profe Flavio Fernando Rodríguez González me dio la clase de Español se reforzó mi gusto por la lectura, es ‘vicio’ que empezó con el Edmundo Maya Franca, quien nos adentró al mundo del “Llano en llamas” y “Pedro Páramo”, quien gracias a él inicie a escondidas mi gusto por escribir. 

 

Pase de leer a Juan Rulfo, Benito Pérez Galdós, y Aldous Huxley autor de “El mundo feliz”, texto que créame causo revuelo porque ya tocaba el tema de la sexualidad y otros más que según algunos de nuestros padres consideraron insanos para sus virginales hijos ¡Si cómo no! 

 

Pero quitémonos las formalidad por unos instantes, como se los dije líneas arriba éramos toso unos demonios, cada quien con su debida intensidad, pero demonios al fin y al cabo. 

 

Jaqueline Vázquez una de las chicas que más suspiros robaba en mi generación me contó la siguiente anécdota y no quemaré a la Profesora en cuestión pero si al “ladilla” protagonista de esta situación: 

Ulises Cano Serafín alumno del Grupo B Vespertino (Gen 84-87) junto con otros dos cómplices no querían tomar la clase, por lo que planearon hacer cada uno de ellos una maldad para que los sacarán del salón y bueno vagar por la jardineras o unirse a la clase de educación física de otro grupo, mientras ellos murmuraban ‘Jaqui’ los oía divertida, así que tras pactar el plan decidieron llevarlo a cabo. 

 

Nuestros austeros salones carecían de cortinas combatir la entrada de los rayos de luz del astro rey, por lo que en ocasiones estar al lado de los ventanales no era nada cómodo así que el buen Ulises, “El Matas”, como le decíamos interrumpió a la maestra que nos daba la clase…

 

--Maestra, dijo; mientras todos guardaban silencio. Podría por favor recorrer las cortinas, el sol me deslumbra.

 

Nuestra mentora apiadándose de su alumno que no podía concentrarse por lo molesto de la intensa luz, volteó tomó la silla y se disponía a recorrer las cortinas cuando se dio cuenta de la burla, obviamente las risas no se pudieron contener y “El Matas” tuvo que aceptar el anhelado castigo abandonar la clase. Sin embargo se quedó chiflando en la loma, porque sus dos secuaces a la mera hora se rajaron. 

 

Bueno despues de esta inevitable pausa volvamos con una de las lecturas que nos dejó el Profe Flavio para comprobar que en verdad leíamos nos hacía preguntas sobre el texto, sobra decir la advertencia “no le digan a sus compañeros lo que les pregunté”, además ¿qué posibilidad existía que repitiera la pregunta a dos alumnos diferentes? Pues ocurrió; uno de mis compañeros Jorge Jiménez Calvo hizo caso omiso y me dijo pregunta más la respuesta, si la memoria no me falla el texto en cuestión fue “Marianela” de Benito Pérez Galdós me gané dos puntos que me ayudaron a pasar ese bimestre.

 

Son más de cuatro décadas de historia, algunos exalumnos nos contaron que las primeras generaciones tomaron clases sentados en ladrillos, cuándo el cupo rebasó la demanda y se construyeron salomes improvisados que los bautizaron como los gallineros, paredes con laminas de carton y techos con laminas de zic, eran “Los gallineros”, en primaver y verano un horno, un congeladora en invierno, imaginénse cuando llovia, en fin la escuela creció junto con su plantilla de verdaderos profesionales de la educación, que formaron a quienes somos ahora, ingenieros, químicos, licenciados, médicos, científicos, empresarios, otros condiscípulos tuvieron la fortuna de dar clase en su escuela, bueno hay hasta comunicólogos, locutores y periodista ¡vaya que hicieron un buen trabajo! 

 

Bueno y si la UNAM tiene su “Goya”, el Poli su “Huelum”; nosotros tuvimos en su momento un grito de guerra que podemos revivir o en todo caso institucionalizar. Recuerdo que cada vez que terminábamos la clase de educación física el maestro decía “Alumnos la clase ha terminado” y todos al unísono gritábamos a todo pulmón. 

 

¡¡Villarello!! ¡¡Villarello!! ¡¡Villarello!! 

 

PD: Muchas veces me imagine en papel de Dustin Hoffman en la cinta “El Graduado” en ese genial parlamento: “¿Señora Robinson está tratando de seducirme?”Maestra Catalina, gracias por habernos soportado, por habernos dado la clase de Artes Plásticas y desde estas latitudes le confieso que no sólo fue mi amor platónico, sino de una gran cantidad de mis compañeros de generación y lo de “El Graduado” es porque ante el espejo decía en aquellos años mozos¿Maestra está tratando de seducirme? 









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