De ida y vuelta (libro en construcción)
--¡Eres un bastardo!
Lo dijo en voz alta, estridente.
Roberto detuvo su andar, respiro profundo, bufó, se dio media vuelta con solida parsimonia. ¡La respuesta! La respuesta fue un certero puñetazo que derribó pesadamente y vergonzosamente a su interlocutor. Prospero solo saboreo el polvo de esa calurosa tarde
La frase aún resonaba en su cabeza. Doña Eustaquia, su madre, se lo había explicado, previniendo esa escena. Sí en efecto era un hijo, que había nacido sin que ella se hubiera casado.
--¡Bastardo! Un día te lo dirán para insultarte, le dijo, suena feo cuando lo dicen con odio con envidia, solo ten calma cuando te lo digan.
La calma fue un buen madrazo para ese gordo odioso. Prospero no pudo levantarse, el dolor, la ira e impotencia de no poder responder, el murmullo, la risa de los testigos, lo enfurecía, lo que más le emperraba era que ese negro lo hubiera derribado de un solo golpe.
Roberto al ver que su oponente no se levantaba, tomó de nuevo su paso y volvió a recordar ese diálogo con Doña Tiquia.
José no es tu padre, pero te quiere como si lo fuera, Pepe solo es padre de tus hermanitas. Si me preguntas por tu papá, no sé dónde ande. Se llama Gaspar o se llamó un día apareció me enamoró y así un día desapareció. Solo recuerdo el mes, noviembre, al año siguiente, en agosto naciste.
Roberto no acababa de entender ¡¿Bastardo?! ¡Ilegítimo! Ahora resulta que Don Pepe no es su padre, mucha, mucha información, para un niño que apenas va cumplir los siete años. Ahora entiende porque no había sentido un abrazo tan cálido como el que le prodigaba a “Las Maris”, así le decía a sus hermanas gemelas: Mariana y Mariela ¡No! nunca lo trató mal, sin con firmeza y eso lo notó cuando aquella ocasión que no quería ir a la escuela, fue entonces que recibió su único jalón de orejas de su parte, quien si tenía la autoridad ilimitada era su mamá ella no se detenía, había que corregir.
A pesar del jalón de orejas que le propinó Don José, ese día pasó todo el día en el taller, en donde se descubrió talento para los trabajos manuales, y es que desde los seis años descubrió sus habilidades, es más todo se facilitaba, lectura, escritura, suma, resta, todo; asistía a la escuela para no hacer rabiara a Pepe y Eustaquia. Si la lectura no lo desafiaba se aburría, su caligrafía era excelsa, pero escribir en esos momentos no estaba en su cabeza, tenía más interés en las matemáticas para contar el dinero siempre requiere de habilidad en las diferentes operaciones…
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¿Por qué no Iván, Geovanny o John? Tenía que ser Juan ¡No! No es tan malo ¿Pero Juan?
Palmita como le decían era un chamaco ensimismado, rozando en la timidez extrema. Su piel cobriza, su lacio cabello, sus melancólicos ojos, contrastaban con su bella sonrisa, estaba orgulloso de su perfecta dentadura. Sonrisa que siempre le dejo memorables dividendos.
Las carencias en casa fueron la fuente de su magra complexión, está por cumplir los 10 añoso, aparenta menos edad, por lo tilico que es. Cada que puede se refugia en las páginas de un libro que “hurtó” en su escuela. ¡Bueno! Fue un regalo de su profesor Sergio, quien se hizo el desentendido cuando vio que Palmita discretamente metía en su morral “Los Miserables” de un tal Víctor Hugo.
¿Por qué no Jean? Como Jean Valjean, pensaba Palmita, mientras hojeaba ese tesoro que llevaba a casa. Para él la escuela era su zona de seguridad, leer y escribir lo disfrutaba, poseía una prodigiosa memoria, cada vez que podía se quedaba a escuchar los ensayos del coro-estudiantina de quinto y sexto grado, quiso entrar, pero el tiempo no le daba porque saliendo de la escuela tenía que irse directamente al mercado para ayudar a sus padres.
Ricardo y Juana –podemos sospechar por qué Juan—no tenían el tiempo ni el dinero para comprar la guitarra que les pidió Palmita, pensaron en algo más accesible: claves, güiro, maracas, pandero, pero en esos momentos no había más cera que la que arde.
Entonces solo le quedaba cantar, su voz no era ni la más melodiosa, ni la más potente, pero si se lo proponía afinaba correctamente. Fue en una de esas tardes en las que tardo en partir rumbo al mercado, escuchando los ensayos dirigidos por el Profe Checo, cuando vio ese libro, parecía un tabique, que le llamó la atención, el título resonaba “Los miserables” ¿puede existir más miserables que yo?, murmuraba para sí mismo.
El único libro que había en su casa en ese entonces, era un diccionario que tuvo a bien a recibir Don Ricardo por unos cuántos kilos de tomate y aguacate, mismos que no pudo pagar una marchante en efectivo, quien era de esas personas que en ese tiempo vendían enciclopedias y libros casa por casa, ese día ya de regreso, sin haber hecho venta alguna le propuso a Don Ricardo, quien aceptó con gusto el trueque.
“Al menos le va servir a Palmita”, pensó Ricardo, que al llegar a casa lo puso en la cabecera en el catre de Juan, un diccionario fue su primer libro de cabecera.
“Desdichado, infeliz, abatido, sin valor ni fuerza…” esas son las definiciones que dice el diccionario. “No es mi caso”, pero eso que llaman felicidad, según Palmita, si es que existía en casa se presentaba de formas muy raras, casi inidentificables.
Palmita devoró el libro y cada palabra ajena, extraña la consultaba en su viejo y leal diccionario…
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Había heredado el turquesa profundo de los profundos ojos de su padre, Miguel, y el dorado de la rubia cabellera de su madre, Grisell. A sus 11 años todas, todos lo “chuleaban” a Gregorio, “Gregory” para los más allegados, para los cuates.
A su corta edad padres, madres, vecinos, vecinas, amigos, conocidos y uno que otro “extraño” querían “apartar” a Gregory para casarse en un futuro lejano con sus hijas, sobrinas, primas, y no faltaba la pícara que decía que esperaría a que cumpliera la mayoría de edad para hacer su lucha, “porque no hay peor lucha que…”. Las fantasías eran diversas, bastante diversas al ver ese querubín de cabellera dorada y ojos azules.
“Goyo”. Como en realidad le gustaba le dijeran, se percató de la atención que causaba desde los cinco años. Tal vez por eso siempre se mostraba distraído, porque tenía que estarse cuidando de propios y extraños, ¿qué era lo que los animaba a ponerlo siempre como centro de su curiosidad? Tal vez por eso sus calificaciones nunca fueron sobresalientes, siempre aprobó con lo suficiente. Sin embargo, donde siempre destacó y donde en verdad gozaba en ser objeto de todas las miradas era la educación física. Corría muy rápido, saltaba muy alto y generalmente era el mas fuerte en todos los deportes que practicaba.
Era la figura en todo, le gustaba competir, perder, aunque sea un “volado” le molestaba. Sabía perder, asimilaba bien la derrota, la violencia no era parte de su personalidad, sin embargo, cuando lo provocaban, el huracán despertaba, uno a uno, generalmente, es como caían los contrincantes, los que se atrevían a desafiarlo.
Conforme crecía desfilaban las pretendientes, ellas preferían tomar la iniciativa, hacían fila, no faltó, que incluso un desgreñe siendo él objeto del deseo.
Miguel y Grisell siempre fueron errantes, habían llegado hace algunos años de Chile, huyendo de la dictadura pinochetista. Antes de llegar a México, pisaron diversos países, buscando la tierra prometida que les habían arrebatado en 1971. ¿Cómo arribaron a México? Ya habrá oportunidad de contarlo. Buscaron oportunidades para establecerse, Guadalajara, el Bajío, pasaron una vez más por el Distrito Federal, en ese andar los llevó a Puebla, ahí se establecieron algunos años, justos para que Gregorio diera sus primeros pasos, había que poner pausa a tanto viaje. Por el niño, no por otra cosa.
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