Los Shoes
I want a love that's right but right is only half of what's wrong
I want a short haired girl who sometimes wears it twice as long
Now I'm stepping out this old brown shoe…
(Old brown shoe /The Beatles)
Las líneas del bajo vibran en bar, es un bit cadencioso que va de lo brutal a la caricia, de repente explota el redoble de la batería, una estridente ovación fue el preámbulo al sonar de la guitarra, creo, creo que todos cerraron los parpados, eso ya era un aquelarre, de pronto un silencio dio paso a esa voz raposa, esa voz que había acompañado a varios en sus momentos de soledad, esa voz que le daba sentido a una estrofa que todos, todos entonaron a un solo alarido.
Alegramos nuestra existencia
Cuando nos dijimos adiós
La deriva es el mejor de los fracasos
Naufraguemos a la eternidad
Náufragos, somos náufragos
Y la música se fusiono con ese verso que ya era un mantra para los seguidores de Los Shoes.
Domingo fue siempre introvertido, sus días la pasaba dibujando en el cuaderno, su humor irreverente no era apreciado por sus hermanos, su mamá estaba atareada en presionar a su esposo ausente a que diera el sustento de los hijos, él, el papá una vez que piso suelo mexicano se declinó por otras aficiones y esa no era vivir en familia.
Domingo pasó como un estudiante mediano, de esos que deciden siempre estar arrinconado, es preferible a ser siempre el centro de atención, se veía tieso, sin mucha coordinación, pensaba, aunque nunca faltaba el metiche que lo veía dibujar y ese metiche se lo decía a los demás, quienes por curiosidad se arremolinaban para ver como dibujaba ese individuo de ojos grandes, de piel apiñonada y cabellera que parecía siempre tener Wildrot, ya que no se inmutaba ante las salvajes ráfagas de viento.
Primero bautizaron como The Electric Old Shoes Band, era ostentoso, apantallador, pero la raza los empezó a llamar simplemente Los Shoes, ellos en insistían en ese nombre primigenio, sobre todo Domingo y Willy, Juan y “El Canelo” le valía una pura y dos con sal, pero además fue también la economía de los promotores que les simplificaban papel, tinta, pintura y espacio para difundirlo, así nacieron Los Shoes, era 1988 cuando el rock dejaba de tener la culpa de lo que pasa ahí, la televisora, estaciones de radio y disqueras se dieron cuenta del gran negocio.
Primero empezaron con covers, no había más, había que enconrear la voz, el estilo. Los clásicos nunca fallan, She's loves you, Painting is black, You really got me, King creole, Venus y por qué no, Mi gran noche, Gavilán y paloma, Tengo el corazón contento; siempre, siempre a su mismo estilo, a los seis meses o antes es que se empezó a gestar Náufragos, desde ese momento se empezó a gestar la despedida. Eran desordenados, desafinados, descoordinados, pero tenían ese encanto, esa honestidad de pararse frente desconocidos para intentar cantar, intentar tocar, y entonces tras una intensa noche de ensayo surgió su primera rola: Catalina, era un homenaje a la maestra que los dejaba con la boca abierta
Juan era moreno, ojos medianos algo rasgados, labios gruesos, dientes bien alineados, pero ese cabello era un desastre, lacios, lacios, rebeldes, delgado, con habilidades físicas para cualquier actividad, no era muy ducho para el estudio, aunque las matemáticas se le facilitaban, siempre fue meditabundo, siempre intentó ser un buen estudiante, pero por más que se esforzaba, sus calificaciones rozaban apenas el 7, sólo las “mates” le ayudaban.
Juan fuera del salón se transformaba, le atraía toda actividad, el deporte era una de sus pasiones, sabía datos, fechas, nombres, sucesos, narraba con lujo de detalles los partidos del domingo, sabía cómo iba los equipos en las tablas de posiciones, sabía de goleadores, mejores mariscales de campo, pitchers, en fin y si le pedían entrar a jugar cualquier partido, lo hacía con tal intensidad, que a muchos le causaba risa o asombro, su hermano un par de años menor y sus simpáticas hermanitas, ya se habían acostumbrado a esa intensidad que se le sumaba por esa afición a la música.
Hazlo tú mismo. ¡Hagámoslo nosotros!, decía Juan, no es necesario ser tan chingón, además si nos ponemos a ensayar nos vamos a escuchar decentes, remató. Sus composiciones las variaban, a veces con esas abrían, en ocasiones con una de ellas cerraban, o si la cosa se estaba poniendo intensa lo hacían a media presentación para, según ellos calmar los ánimos, Long Cool Woman (In a Black dress), para la raza La vampiresa de negro, esa rola les salía de rechupete, tal vez porque ese inconfundible riff generaba una inyección de adrenalina, y luego Born to be wild, Nací para ser salvaje así la conocían en el idioma de Cervantes.
¿Hazlo tú mismo? ¡Y por qué no! Empezaron a ejecutar bien, su sonido ya era más pulcro, mejoraron sus instrumentos; gracias a un billete que le dejó el papá de Domingo adquirió una buena batería, Juan, pidió un préstamo a sus padres, y se compró un buen bajo, Willy adquirió una Fender de segunda mano y “El Canelo” empezaba a tener más confianza con la guitarra acústica que le había prestado Willy, rasgueaba lo básico, su voz apenas lograba las entonaciones, ¡ah! Pero lo que escribía cada vez mejoraba, Náufragos, Catalina, Un día perfecto, El buzón, Sin nada que decir, eran canciones que ya se las pedían sus fans de cada fin de semana en el Jarro Café.
“El Canelo”, no era el más bajo de la clase, media un par centímetros más que otros cuatro de sus compañeros, eso lo salvaba de ser el más chaparro; ojos pequeños, pelo quebrado, fino, moreno claro, por eso lo de canelo, dientes desordenados, delgado, para no decir escuálido y una voz, no estridente, pero si firme y a veces desentonada, ágil, bueno para el deporte, no era el mejor, pero siempre estaba en los equipo titulares, los números lo hacían sufrir, pero le gustaba leer, leer, leer, escribir y leer, no andaba de barbero levantando la mano a cada instante, pero cuando le daban la palabra, ya era complicado callarlo, esas discusiones con Guevara, Ramiro, Vero Olguín, los cerebritos de la clase, eran épicas.
“El Canelo” era el representante de los maloras, aquellos que siempre estaban al final del salón cargándole la pila medio mundo, los maestros siempre batallaban con esa flotilla, los trataba de separar, pero entonces el “mal” se esparcía por todo el salón, al menos estando juntos ya los tenía ubicados, distribuirlos era tener ojos por todos lados; solo la música apaciguaba a esa joven jauría, el “Charrito”, así le decía al profe de esa materia, cual flautista mágico al rasgar las cuerdas de la guitarra los hacía callar y entonces venían las complacencias, de Wendolyn a Solares baldíos, sin dejar pasar Murió la flor y el Himno a la alegría. ¡Sí!, por lo general la música calma a las fieras.
El azar los reunió. Fue en uno de esos trabajos de equipo, era de Ciencias Sociales, cuando Juan, Domingo, Willy, El Canelo, esa vez se sumó El Pollo, quien era uno tipo callado y siempre cumplidor, él en algún momento tuvo una diferencia con Willy, nada que no se pudo arreglar con un “tiro amistoso”, en fin, con todas esas agravantes tuvieron que colaborar juntos. Nadie quería llevar a sus compañeros a casa, a veces la familia no suele recibir visitas inesperadas, a todo hay que darle prisa, Willy dijo que sea en mi casa, así no tendría que levantarse temprano y puso a The Doors en lo que llegaban aquellos “changos”.
Azahar, asar, ¡azar! Es la suerte, es destino, estaban destinados a hacer algo más que un trabajo de equipo, un dibujante percusionista, un deportista con buen beat, un guitarrista con madera de líder-cantante y un escritor desentonado, en eso se iban a convertir aunque aún no lo sabían, el trabajo de Ciencias Sociales fue pésimo, se salvó por los buenos dibujos de Domingo, y tal vez, por el buen resumen del Canelo, Willy y Juan se pusieron nerviosos en su participación, algo que iba a desaparecer unos meses después, ¿a quién se le ocurrió? Dicen que fue Willy cuando les daba una cátedra de música sobre todo con Pink Floyd in Pompeya, dicen que fue Juan cuando vio el disco de The Hollies, dicen que fue Domingo al ver la portada del Sticky fingers, ninguno sabía tocar bien un instrumento, aprendieron, pero al final fue la canción de I’m a beliver de The Monkees.
Willy tenía esa peculiaridad de caer bien a medio mundo, ojos color miel, cabellera castaña clara, un poco lento en sus movimientos, pero siempre certeros, precisos, echando para delante, se puede decir que hasta un poco gandalla, tenía esa capacidad de memorizar y sus calificaciones eran siempre buenas, no estaba en el cuadro de honor, pero era de los buenos, maduro para la edad que tenía, a los demás los veía como chamacos con inexperiencia, él había visto, le había contado de cosas que seguramente, y así era, los demás ni siquiera sabían de su existencia.
Willy un día escuchó la charla entre dos de sus compañeros, ¿viste ese como el baterista de Twisted Sister tocaba la batería con las manos?, dijo uno, ¡no manches se vio chingón! Respondió el otro. Eso no es nada, seguro no conocen el Moby Dick de John Bonhan o The Mule, de Ian Page, ¡esos si son bateristas, no esas jaladas! Los dialogantes solo lo vieron de reojo y huyeron una clase más en el recreo, eso siempre ocurría no había por el momento quienes entendiera ese gusto por el rock, por la música, por eso, el lenguaje de todos es el futbol, ahí casi todos entiende el pase corto y al pie, de primera intención, el centro medido, y bueno.
Ese bar, el Jarro Café, en donde debutaron, ahí donde una vez fueron teloneros de unos batos de Cd. Satélite, que apenas empezaban, pero que sonaban muy bien al estilo de Los Xochimilcas, ahí intercambiaron números, contactos, les recomendaron participar en la Batalla de las Bandas, les auguraron éxito, participaron. Quedaron en tercer lugar con ese himno que los definió: Náufragos. El binomio batería y el bajo fue magnética la voz aún fresca de Willy, con las armonías de Juan y El Canelo; todos, todas cantaban era su despedida tras tres décadas de no tocar juntos. No eran los niños de 15 años, imberbes, inexpertos, inseguros, introvertidos, no era música excelsa, pero si honesta, básica, sencilla y el bajo volvió a marcar la entrada para que todos cantaran al mismo tiempo
Sin rumbo, sin destino
El viaje siempre será infinito
Seremos siempre extraños
Naufraguemos a la eternidad
Náufragos, somos náufragos
En ese bar, apenas hace 30 años, Los Shoes se separaron, diferencias creativas dijeron, Juan quería mantener el grupo con los acordes básicos del rock and roll, que todo sea despreocupado, divertido; Willy se interesaba más por algo más progresivo de hecho ya había escrito una canción Cyrus el alma del guerrero que atraviesa la noche, era una épica narración que se introducía en ambientes lúgubres, bueno eso decía, “El Canelo” insistía en respetar las convenciones musicales, pero se volaba con las letras, eran metáforas forzadas, analogías débiles y licencias poéticas-literarias muy jaladas, tal vez era porque el alcohol, que ya empezaba a disfrutar, le sacudía esas neuronas, Domingo, cansado de estar atrás en las percusiones aporreando los tambores, platillos, prefería dibujar, sus padres ampliaron su distancia, sus hermanos siguieron sin entenderlo. La verdad es que el grupo no nada para más, su talento era limitado y para mantener ese ritmo había que trabajar en serio, apasionarse en serio.
Domingo terminó de hacer el último trazo del logo de Los Shoes, cuando escuchó a su hermano gritar desde la sala, ¡baboso! Te habla el pinche Arturo, ¡que no tiene nada que hacer en su casa!, agregó ácidamente; ¡pues hace más que tú!, pensó, ¿Yo creo que no?, le respondió al gamberro aquel. ¿Qué crees cabrón? Falleció el Juan, apuró Arturo. ¡No chingues!, ¿quién te dijo? Preguntó Domingo. El pinche Miguel pasó a mi casa y me avisó, que va ir el Canelo, el Willy, y otros changos del salón al funeral, ¡Hay que ir güey! El Juan siempre fue chido, ya lo habías convencido en ser parte de Los Shoes. ¡Nel! Siempre nos dio el avión. No empieces, además ahí van a estar sus carnalas hay que reconfortarlas, se pusieron bien guapas. ¡No mames!, también le vas a dar el pésame a su brother. ¡Tsss por qué no!, Domingo solo meneo la cabeza y añadió. Como representante eres lamentable piche Pollo. ¡Está bien vamos!, deja ir por una chamarra.
El regreso de Los Shoes queda pausado por el momento y más porque uno de sus miembros acaba de fallecer.
Naufraguemos a la eternidad
Náufragos, somos náufragos
La línea del bajo se diluye poco a poco, la batería refuerza el beat, y el estribillo resuena, resuena en el Jarro Café, al final todo es un viaje, físico o metal, siempre, siempre a la deriva.
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