¿Enojado? ¡No!, más bien encabronado

Hace un par de semanas esperaba pacientemente que los vagones del metro, ¡sí! ese famoso gusano naranja --ahora multicolor-- que viaja por las entrañas de la Ciudad de México, apareciera menos atiborrado para poder abordarlo no me cansaba de observar como todos, sin excepción, hombres y caballeros, buscan un resquicio para no llegar tarde a su destino; mientras aguardaba ese convoy vacío fui testigo de una discusión que estuvo a punto de llegar a una pelea.

Un policía, de unos 50 años o más, que hacía su rondín obligatorio en el andén se preocupaba más porque ningún varón se colara en los ‘carros’ destinados a las mujeres, disimuladamente le dio a la espalda en donde estaban a punto de liarse a golpes, que de haberse dado el enfrentamiento bien pudo ser más entretenido que la pelea entre Canelo y Chávez Jr., se encararon cual gallos de pelea se lanzaron improperios y seguramente varios recordatorios maternos.

Para agregarle emoción, en esos precisos instantes el tren no avanzaba, fueron tal vez los 60 segundos más tensos para los mirones que presenciábamos la discusión; uno iba ataviado totalmente de blanco --¿médico, enfermero, chef, mesero, lechero?--, el otro vestía de pantalones de mezclilla y una sudadera guinda, además cargaba una mochila --¿estudiante, obrero, diseñador, periodista?--, ¿uno iba y el otro venía? No lo sé, el caso es que en vez de intervenir o avisarle al vigilante en cuestión todos esperábamos el primer golpe, pero hubo cordura solo se lanzaron miradas desafiantes, murmuraron cosas inaudibles --tal vez palabras no castas para los oídos de nadie—, entonces sonó la alarma del cierre de puertas, los pasajeros se apretujaron, aún más, obligadamente tuvieron que disfrutar de los olores corporales de los demás y las ruedas volvieron avanzar sobre los rieles.

Ya en otras latitudes, estaba aún fresca la celebración del Día de las madres, me dirigía a realizar uno de los tantos pagos, necesarios para según mantener una calidad de vida, una decena de curiosos estaban arremolinados ante dos autos: un taxi y una camioneta; lo dos choferes habían decidido arreglar sus diferencias, o imprudencias, a golpes; el conductor de la camioneta tal vez rozaba los 30 años, mientras que el ‘chafirete’ ya rebasaba los 55 de edad, el ‘tiro’ –como dicen en el barrio-- fue un tanto disparejo porque a pesar de que más vale maña que fuerza, el tipo de la camioneta cuando supo que llamaron a los vigilantes del orden vial casi huyo, cual veloz gacela perseguida por una manada de leones, mientras que el taxista se levantaba peinaba su cana y rala cabellera, al tiempo que revisaba y limpiaba sus lentes.  

¿Estamos enojados o solo buscamos el pretexto para sacar a nuestro troglodita interior? Hace unas décadas era una cuestión anecdótica que la gente se peleara en la calle, era una situación anómala, si eran denunciados se les acusaba de alterar el orden público; hoy se ha llegado al punto que a plena luz del día en una discusión alguien saque un arma para acabar con la vida del otro. Parece que prevalece el odio.

Precisar el instante del encabronamiento es complicado, pero podemos deducir que es una acumulación de situaciones que ha provocado que la vida se disfrute menos, encandilados al consumismo, a las banalidades, a la dependencia tecnológica, a la degradación de los valores; hay quienes culpan a tal o cual personaje de la vida política para endilgarle el enojo social, si a ello le agregamos el desempeño de los medios de comunicación entonces llegamos a un punto en donde el pesimismo, la incertidumbre, la melancolía y la desesperación se transforma en furia irrefenable.

Algunas teorías conspirativas nos dirán que la génesis de todo mal la hallaremos en el rock, especialmente en el heavy metal, que esos acordes son la causa de muchos de los males de la actualidad, que la apología de la violencia en el cine, televisión, novelas, literatura han influido en la degradación social; que varios de los villanos de la historia han hecho pacto con Belcebú para cumplir sus objetivos malignos.

La dinámica de la vida actual nos ha llevado estresarnos a veces sin motivo. Hace unos años se le decía a los habitantes de las grandes metrópolis que se fueran al campo, a la montaña, al mar para descansar, recargar energías, pero hoy con tanta aglomeración en esos sitios lejos de relajarse, terminan más con los nervios de punta ya sea por el gasto que hacen, por la inseguridad a la que se enfrentará y en ocasiones por el engaño de la falsa publicidad.

Inmerso en los andares del otrora ‘De-eFe’ cuando llegaba a mi casa agotado más por el regreso, que por la jornada de estudio o trabajo me encerraba en mi habitación buscaba una de esas canciones para sacudir la cabeza, apagan la luz y subía el volumen para ahuyentar el estrés una de las rolas que me ponía de buen humor era “Fight fire with fire” de Kansas (https://www.youtube.com/watch?v=TuFkavneS60) la cual te llenaba de una inusual energía, una potente guitarra hacía que las fibras de tu ser se despabilarán a pesar que la letra describe un sueño apocalíptico y distópico, otra de las rolas que recargaba las pilas es “Get down and get with it” de Slade (https://www.youtube.com/watch?v=hrWbSDsFTYo), la aguardientosa voz del cantante provocaban sin duda el menear la cabeza aunque la letra un tanto banal solo daba indicaciones de cómo comportarse en un concierto.  

Con el paso del tiempo parece que la furia se acentuó, aunque dicen los que saben que los años proporcionan sabiduría para que el trajín de la vida cotidiana se te resbale, pero no, no es así, en mí caso en ocasiones dan ganas de ahorcar al microbusero que conduce a una alta velocidad, por querer ganar pasaje, reclamarle a la persona que arroja basura y luego se queja que el carro de la basura no pase a tiempo, patear al vecino que saca pasear a sus perros para que hagan sus necesidades frente a tu casa.

Pero si lo que quieres es que el  encabronamiento se encapsule  puedes escuchar a todo lo que dan las bocinas de donde te encuentres pon a Judas Priest y su “Breaking the law” (https://www.youtube.com/watch?v=L397TWLwrUU) y tal vez, solo tal vez te vas a olvidar de ese enojo.

La última vez que me líe a golpes me pusieron una buena felpa, desde ese momento decidí acabar con mi fase de ‘valiente’, tras unos días con el ojo morado, y con la constante pregunta de ¿qué me había pasado? Y con la respuesta de golpee con mi rostro el puño de un tipo, entonces dejaron de cuestionarme.

Hoy cuando veo una pelea callejera tras unos segundos intento intervenir o bien me alejo, porque bien dice el dicho: los mirones son de palo, aun así en ese momento o después reflexiono: ¿en qué momento pasamos del enojo al encabronamiento?   



Comentarios

  1. Esta retórica reflexiva, es, sin duda; una descripción del estado mental y emocional de nosotros los seres humanos. Muy buena narrativa ubicada en el contexto actual. Tristemente describe la pérdida de valores morales y el desafío que hoy día existe hacia las autoridades de cualquier gobierno y de cualquier nivel. Sin duda alguna, considero que la reflexión y la catarsis a través de la lectura y en especial de tus textos, nos permiten a la sociedad en su conjunto proponer más y mejores alternativas y herramientas para una convivencia armónica y sobre todo poder evolucionar hacia una humanidad considerada racional, pero sobre todo, ser luz y amor. Saludos, Amigo. Abrazo fuerte.

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